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Artículo

El OTRO ANIMAL

Artículo El Otro Animal

Escrito por Daniel Romero Campoy

Jurista especializado en Derecho Animal

Publicado el 17 septiembre 2021

por Daniel Romero Campoy

Jurista especializado en Derecho Animal

Publicado el 17 septiembre 2021

Introducción de Raquel López

«En este post su autor Daniel Romero Campoy nos invita a la reflexión sobre por qué consideramos a los animales como un objeto, un instrumento o un ser inferior, olvidándonos de que todos somos animales.

Un fantástico artículo que puedes leer a continuación. «

¿Quién o qué es lo otro?

De forma intuitiva diríamos que lo otro es todo lo que excede del yo, pero, desde un enfoque social, el yo se sumerge en el nosotros, se solapan en cierto punto.

Por eso, el yo y el nosotros se configuran como lo merecido, lo propio, lo que está dentro, lo legítimo, lo prioritario.

No es de extrañar que lo propio esté vinculado al concepto de propiedad.

El sujeto que ostenta el poder se apropia, domina, se apodera del otro en mayor o menor medida.

Lamentablemente encontramos numerosos ejemplos:

  • los hombres sobre las mujeres,
  • los blancos sobre los negros
  • o los humanos sobre el resto de animales.

La lógica de la dominación habilita que ese otro sea apropiable.

Así, uno hace suyo al otro naturalizando una determinada narración de la realidad.

Véase el caso de Aristóteles y la esclavitud o Kant y las mujeres, por ejemplo.

De forma que el otro suele caer fuera del círculo de la consideración moral.

El otro es el que no posee nuestra identidad

y, por tanto, no tiene legitimidad para entrar en lo nuestro.

Siempre hay un otro entre nosotras y nosotros, un otro que no encaja, que manifiesta su diferencia, una falta (en comparación a lo propio).

Y como no encaja, lo forzamos para que encaje, para que se acople a lo nuestro, a nuestras necesidades.

Cuanto más otro, más instrumentalizable es.

Lo Animal, de esta manera, representa el relato burdo y apropiable de los animales como ese otro.

Un otro como objeto.

En otras palabras, el animal no humano se percibe tan distinto a lo humano que su diferencia se torna en indiferencia moral.

El animal como objeto y no como sujeto

Solo por ignorancia se puede afirmar que los animales no sienten, pues existen innumerables evidencias científicas que demuestran la capacidad de tener experiencias subjetivas por parte de muchas especies animales (incluso algunos invertebrados).

Por eso, la lógica de la dominación sobre lo Animal concibe paradójicamente a estos como objetos que sienten.

La incoherencia de tal afirmación es tan evidente que se intenta paliar con una serie de medidas enfocadas a la protección de los animales.

Pero no nos engañemos, estas políticas bienestaristas siguen la lógica de la dominación y la explotación.

El Tratado de Funcionamiento de la Unión Europa, así como algunas constituciones nacionales, reconocen que los animales son seres sintientes, pero las consecuencias no van más allá de una escasa serie de deberes para con ellos.

Visto así, la ecuación es fácil:

Solo los sujetos morales (los humanos) poseen derechos

Tímidamente incluimos a ciertos animales como parte de nuestra consideración moral.

Eso sí, se trata de una inclusión parcial y derivada de nuestras costumbres sociales.

De hecho, la integración (a diferencia de la inclusión) está al servicio de nuestros intereses, se les incorpora en lo nuestro, en nuestras dinámicas, nuestras necesidades.

Es sabido que uno de los mecanismos básicos para la dominación es la cosificación.

La vida pasa a ser algo y no alguien.

Al individuo se le despoja de su singularidad.

Los nombres se convierten en números y los cuerpos en objetos.

De nuevo, el otro como objeto.

El animal como alimento, vestimenta o diversión

En todo caso, la inclusión de ciertos animales en el círculo de la moral y la exclusión de otros sin justificación suficiente es lo que se denomina especismo.

Un tipo evidente de discriminación si tomamos como referencia la sintiencia (la capacidad de un individuo de tener experiencias subjetivas).

Y, como ya sabemos, la discriminación excluye a ese otro de lo nuestro.

No obstante, el extremo de la exclusión no es la muerte, a mi modo de ver, sino la total dominación.

La muerte sería una consecuencia más.

Con la total dominación, la vida pierde su valor, se banaliza.

Dominación extrema. Campos de concentración e Industrias Ganaderas

¿Y dónde se visibiliza esta dominación extrema?

En los campos de concentración o de trabajo forzado, ya sean para humanos o para el resto de animales.

Ciertamente, por muchas razones, no es asimilable de forma íntegra los campos de concentración a las industrias ganaderas, pero encontramos interesantes puntos de conexión.

Veamos.

A diferencia de los campos nazis, en las industrias no hay un exterminio total, es decir, un genocidio.

No hay una idea de hacer desaparecer una determinada raza o especie.

Al contrario, el objetivo es la producción y reproducción del aparato de propiedad y utilidad.

Se fuerza la vida para la muerte. Es decir, el único sentido de la vida animal es su propia muerte.

Pero encontramos paralelismos, pues las vidas son entendidas como vidas que no merecen ser vividas.

Porque lo Animal, tanto en lo humano como en lo no humano, carece de importancia.

Todo se reduce a cuerpos productivos, desechables y reemplazables

Por eso, en contextos bélicos o de discriminación los humanos se denominan entre sí como cerdos, ratas o cucarachas.

En otras palabras, con esos otros la comunicación y la convivencia es imposible, pues no son parte de nuestra comunidad moral, de nosotros.

Ahora bien, los animales no humanos no representan un peligro, no son ese enemigo que eliminar, sino que son unos otros sumamente vulnerabilizados.

Su condición es la debilidad, la de su extrema cosificación, son vidas sin vida, meramente músculos, tendones y huesos. Así es, la vida reducida a su condición biológica, cuerpos que carecen de rostro.

Según el filósofo Emmanuel Levinas, el rostro dota de individualidad al otro.

Nos habilita a considerar moralmente la vida, pues hay alguien detrás del rostro, no algo.

El otro incomoda con su otredad, con su diferencia

Según este autor el otro incomoda con su otredad, su diferencia.

Ello conlleva la exclusión o la violencia contra ese otro.

En este sentido, reivindica la caricia como gesto de apertura, pues la caricia no domina.

Con la caricia hay un acercamiento positivo, un reconocimiento, un gesto de cuidado.

Lo cierto es que el otro suele mostrarse como la figura de la debilidad.

De modo que el que nomina (el que pone nombre) ejerce un poder sobre el otro debilitando su individualidad.

Diferenciando así quien se auto-nomina y quien es nominado.

El sujeto que domina construye realidades y relaciones de poder según su conveniencia

Así, las necesidades del otro son menores, porque no son las nuestras.

Y, además, la construcción de la diferencia tranquiliza, hace la vida más fácil al sujeto dominante.

Mediante esta lógica se construyen los órdenes (pues ordenan la realidad) imaginarios que se alzan como naturales y razonables.

En definitiva, los animales no humanos son el otro radical, como diría Jacques Derrida en El animal que luego estoy si(gui)endo.

Recordemos que la palabra radical proviene de raíz y no de extremo.

Podríamos afirmar entonces que entre los humanos solo existe una otredad relativa o superflua.

Lo Animal se concibe tan ajeno a lo humano que su dominación se invisibiliza, se trivializa

No habría culpa ni responsabilidad por la muerte de ese otro tan radical.

La cuestión animal se excluye tanto de la reflexión diaria como de los debates sobre justicia, porque se naturaliza tal exclusión.

Los argumentos que soportan esta tesis son variados, desde la supuesta necesidad de consumo de carne animal hasta un presunto orden natural de las cosas.

En todo caso, a la luz de estas ideas, lo verdaderamente fundamental sería lo humano.

A este enfoque, por eso, se le conoce como antropocentrismo.

Esa radicalidad sostiene la idea de que el animal no humano es pobre de mundo, tal como afirmó Heidegger, pero

Las evidencias científicas nos demuestran que la sintiencia provee de anima (alma) al individuo

Dejando de lado el juego de conceptos (ya sea alma, dignidad, valor inherente o cualquier otro) los animales poseen una serie de intereses y preferencias que deben ser moralmente considerados.

Por lo general, se piensa que la inteligencia, un lenguaje complejo o la pertenencia a una especie son elementos suficientes para excluir o incluir a los individuos respecto a una fuerte consideración moral.

Pero cabe preguntarnos si estos criterios son imparciales o provienen de un estereotipo del sujeto dominante.

Seamos sinceros, si respetamos los intereses más básicos del otro humano no es por su capacidad cognitiva, sino por su capacidad de tener experiencias subjetivas, de sentir placer y dolor, de tener una vida propia.

Características que hacen mención a la sintiencia.

De otro modo quedarían excluidas de nuestra consideración las personas con una grave discapacidad mental o bien los recién nacidos

Aplicando con rigor este criterio habría que considerar como sujeto moral a todo aquel que le pueda ir bien o mal de forma consciente en su vida.

He aquí la relevancia también de la compasión hacia el otro.

Así es, solo podemos compadecernos de quien puede padecer, es decir, todo animal sintiente.

Hacer justicia respecto al otro animal es, por tanto, una cuestión de primer orden

Pero vamos más allá, lo cierto es que todas nosotras y nosotros somos unos otros para el resto.

La mayoría vamos a ser un otro débil(izado) para alguien.

Estamos insertos en la lógica de la apropiación y la dominación.

Todos, en cierto punto, somos diferentes y vulnerables, somos interdependientes.

¿Acaso no somos individuos que nos auto-identificamos en comunidad, en el contacto con el otro?

Exactamente, nos-otros se compone del yo y los otros.

El problema, en parte, es que somos educados bajo unos determinados sentimientos morales y no otros.

Por eso, la mera razón será insuficiente para valorar de forma diferente a los otros.

Si no desarrollamos sentimientos como la empatía y la compasión difícilmente dejaremos de ver a los animales como propiedades o como medios para nuestros deseos.

El perro Bobby devolvió la dignidad a los presos de un campo de concentración

Cuenta Levinas que durante el tiempo que estuvo en el campo de concentración, tras horas y horas de trabajo forzado, únicamente un perro, Bobby, que se resguardaba dentro del barracón, dotaba de dignidad a los presos cuando estos entraban.

Bobby les recibía con alegría, saltos y lametazos.

Los prisioneros, al menos por unos instantes, volvían a sentirse personas.

Un perro les entregó aquello que otros humanos les habían arrebatado.

Fue el otro animal quien reveló qué es lo realmente importante.

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