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ÉTICA ANIMAL: Una cuestión incómoda. ¿Te atreves?

Ética Animal, una cuestión incómoda

Escrito por Daniel Romero Campoy

Jurista especializado en Derecho Animal

Publicado el 22 febrero 2022

por Daniel Romero Campoy

Jurista especializado en Derecho Animal

Publicado el 22 febrero 2022

Reflexionar sobre nuestros comportamientos y creencias no es una tarea fácil.
Por eso, cuestionar las costumbres y los hábitos es un reto.
En las próximas líneas mencionaremos algunos.
Así es, tienes ante ti una puerta abierta a lo incómodo. ¿Te atreves a entrar?

Ética y neurociencia

Suele incomodar hablar de ética.

Esto ocurre porque esta rama de la filosofía no solo versa sobre razonamientos y justificaciones teóricas, sino que implica a los sentimientos y las creencias de cada persona.

Emoción y razón son dos elementos inseparables si nos referimos a los comportamientos éticos.

Ahora bien, a veces, cuando argumentamos a favor de una determinada forma de actuar, lo hacemos desde la imposición y la exigencia inmediata.

Pero esta dinámica suele crear un rechazo instantáneo a oídos de quienes no opinan igual.

Es una reacción normal, nuestro cerebro posee mecanismos para descartar las opiniones contrarias.

Quizá el más conocido sea el sesgo de confirmación, es decir, aquel efecto psicológico que nos predispone a dar más credibilidad o importancia a ideas o datos que encajan con nuestras creencias previas.

Es más, seguramente algunas personas, al leer el título de este texto, no han pensado ni siquiera un segundo en entrar al enlace para echar un vistazo al artículo (sesgo de elección).

Creencias y comportamientos

En todo caso, no perdamos la esperanza, las evidencias neurocientíficas no aseveran que las conversaciones con contenido ético sean estériles, aunque, eso sí, los argumentos racionales (aun siendo sólidamente justificados) no son tan efectivos como se suele pensar.

Sucede que los humanos tendemos a encontrar todo tipo de razones para defender nuestros comportamientos y sentimientos.

Y es que muchas creencias son funcionales, es decir, no se defienden porque sean verdad, sino porque se obtienen ciertas ventajas sociales.

Como animales sociales y gregarios que somos, tendemos más a ser aceptados por el grupo que a indagar sobre lo fidedigno.

Adoptar nuevas ideas habilita un posible cambio en el sentir y el hacer.

O, más bien, incorporar distintas formas de actuar afecta a nuestra sensibilidad.

En psicología se afirma (léase a Robert Abelson) que una modificación en el comportamiento puede traer consigo un cambio de actitud frente a una determinada creencia, pero sostener una creencia válida no conlleva necesariamente una alteración en el comportamiento.

De manera que solemos racionalizar lo que hacemos y ofrecemos cualquier excusa para justificar lo que no hacemos.

Y es que poseer una sensibilidad que no concuerde con nuestro comportamiento puede llegar a conectarnos con la vergüenza, la culpabilidad o la ira.

La ética animal incomoda

Debido a esto, la ética puede (y, en ocasiones, debe) incomodar.

Así es, la cuestión animal molesta porque supone afrontar una tema donde nuestros hábitos, nuestras tradiciones, nuestra identidad y nuestros sentimientos están en juego.

No es de extrañar entonces escuchar todo tipo de resistencias, tales como

  • “es necesario comer carne animal”,
  • “el problema son las macrogranjas”,
  • “las plantas también sufren ”,
  • “aunque yo cambie, el mundo no lo hará” o
  • “primero tenemos que preocuparnos por las personas”.

Con la ética animal nos sentimos interpelados, nos conmueve (nos mueve de lugar), nos obliga a posicionarnos ante algo muy serio.

Esto sucede también con una práctica coherente respecto a los derechos humanos, la ética ecológica o los feminismos.

Todas estas posiciones cuestionan nuestros hábitos de consumo, los límites del ejercicio de la libertad, la responsabilidad (personal y social) y la forma en que tratamos a los otros y las otras.


En efecto,

¿cómo no nos va a incomodar cuando alguien habla de los billones de animales no humanos que sufren, de los millones que mueren en los primeros meses o años de vida, de aquellos cuya existencia se debe únicamente a saciar nuestros deseos e intereses triviales?

¿Cómo no nos va a conmover el dolor de tantos seres con capacidad de tener experiencias subjetivas?

¿Cómo no nos va a incomodar admitir que formamos parte (de una manera u otra) de esa dinámica que causa tanto sufrimiento?

Desconexión ética y emocional

Y duele.

Claro que duele.

Por eso, tendemos a invisibilizar o banalizar esa realidad, intentando no conectar con el dolor ajeno, al menos con el que no observamos directamente.

Porque es muy duro ser consciente de que somos parte de esos sistemas de explotación, dominación y opresión.

En concreto, nuestro cerebro tiende a dos fenómenos psicológicos adaptativos:

  • la disociación (desconexión de la mente con sus emociones) y
  • la disonancia cognitiva (tensión entre la contradicción de un valor o una creencia y un comportamiento que no se adecua a estos).

La indiferencia, en este orden de cosas, es otra forma más de negar lo que en el fondo nos incomoda.

Por ello, al acercarnos a lo incómodo, la ética animal molesta y produce tanto rechazo, porque evidencia de forma radical (de raíz) nuestra manera de relacionarnos con el mundo: desde el interés, la falta de responsabilidad, la desgana, la desidia, la indiferencia frente a los otros.

Nos confronta con ese lado (que no totalidad) de nosotros y nosotras que no queremos reconocer.

Somos seres prosociales con una capacidad compasiva enorme, pero parece que ese círculo de consideración moral se va estrechando según nos alejamos de los similares.

Llegando a desconectar nuestra compasión a razón de diferentes factores psicológicos y sociales.

Reproche y culpabilidad


Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, no me parece conveniente hablar de la cuestión animal desde el juicio, el reproche o la culpabilidad.

Como he indicado al principio, la moralización excesiva no es útil (ni deseable) para convencer o hacer cambiar de parecer a otras personas, si es que ese es nuestro objetivo.

La indignación y la rabia que provoca la injusticia puede saciar ciertas necesidades emocionales, incluso es movilizadora para con uno mismo o un determinado grupo, pero en la inmensa mayoría de ocasiones no convence a quienes sostienen creencias contrarias.

Creencias que aun siendo dañinas para terceros se toman como normales, naturales o necesarias; tal como afirmaría Melanie Joy.

Asimismo, una de las piezas más importantes sobre el tablero son las convicciones morales, cuyas raíces se enredan en los sentimientos y la identidad personal y grupal (la cultura).

Debido a todo esto, imponer racionalmente una lógica no es una buena estrategia.

Hacia lo abierto

La ética animal incomoda de por sí, dada su propia realidad.

Por esta razón, invitar a la reflexión desde la empatía (a menudo no sabemos nada de la historia de vida de la otra persona) debería ser el camino a seguir.

Y, desde luego, no mediante una posición autoritaria e imperativa.

En consecuencia, se suele hablar de concienciar y no de moralizar, por las connotaciones de ambos términos.

Todo cambio, ya parta de la emoción o de la reflexión, por pequeño que sea, será bienvenido.

Porque estar abierto al cambio podría ser lo opuesto a la indiferencia.

La apertura nos conecta con las distintas realidades, nos vuelve porosos ante el dolor ajeno, ante las injusticias.

La apertura nos mueve, nos conmueve, nos invita a mirar más allá.

Que las cuestiones de justicia nos incomoden es algo positivo y necesario para seguir construyendo un mundo más habitable, aunque a veces duela.

Alianza ante lo incómodo

Y es que normalmente no cometemos actos injustos por crueldad, sino por desconocimiento, indiferencia o banalización.

Bajo esta premisa, vernos como enemigos no parece ser la mejor opción.

Creo, pues, más acertado comportarnos como promotores del cambio y no como arqueros de un castillo moral.

En otras palabras, reconocernos como aliados y aliadas ante lo incómodo.

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